diumenge, 22 de febrer de 2015

Puede







Siempre hemos creído que los niños tenían que ir de azul y las niñas de rosa, y que resultaba que el amarillo era neutro. Que a lo que había que aspirar era a llevar una vida correcta, que consistía en una casa grande, tres niños y un perro. Creímos que nos tenía que gustar lo dulce y espantar lo amargo, y que, a partir de cierta edad, no se podía volver a jugar. Que teníamos que esperar que se fijasen en nosotras y que ellos no tenían que llorar.






Creímos que el esfuerzo del estudio daría sus frutos y que la vida, ante todo, es justa. Nos dijeron también eso de que lo malo es bueno, que la rutina es aceptable, y qué es una cara bonita y una fea. Que si nosotras éramos totalmente independientes quedaba indiscreto. Que si ellos aprendían a cocinar y planchar perdían masculinidad. Creímos que si sonreíamos demasiado, resultaríamos tontos, pero que, si no lo hacíamos lo suficiente, nos tacharían de deprimidos. Aspiramos al “término medio”, creyendo que era lo adecuado, que ser del montón tenía que ser nuestro mayor afán y orgullo. Y que sobre todo no había que cuestionarse nada de esto porque sólo complicaría las cosas, y lo complicado nunca resulta ser bueno.

Y nos lo creímos porque resulta que hay que caerse al suelo un millón de veces hasta que se consigue ver al cielo.



Que hay que saber que a veces lo complicado es la mejor sensación, y que puede que no todo tenga que ser fácil con tal de que resulte que ha merecido la pena.

Y puede que lo correcto ya no sea lo que se lleve y, si me preguntes lo que pienso de ti, puede que la respuesta no te guste.

Puede que el término medio ya dejó de ser suficiente y que todas mis mentiras en realidad sean deseos.

Puede ahora ellos lloren porque, no por no exteriorizar algo, no signifique que no existe.

Puede que nosotras nos hayamos hartado de esperar y que ya no pidamos permiso antes de pedir perdón.

Puede que haya días que haya que cuestionarse todo de más y que nunca se llegue a saber del todo cuántos años hay que vivir hasta ser realmente libres.

Puede que la rutina haya dejado de existir y algunos estemos en nuestra misión olvido, borrando el pasado poco a poco, volviendo a pegar meses al calendario, según nos convenga. Pero no porque no nos guste el pasado, sino porque queremos vivir un millón de futuros posibles.



Puede que se aprendiese más en el estribillo de una canción, que dura quince segundos, que todos esos años en un aula.

Puede que queramos seguir jugando a los veinte y a los treinta. Y lo hagamos.

Puede que vea belleza en las caras que, según los cánones, no la tengan y me pregunte por qué el amor es la ciencia con la teoría más simple y la práctica más imposible de todas.

Y puede que corra porque en el fondo me gusta que me persigan.

Y puede que sea todo muy sencillo y que las segundas oportunidades haya que merecérselas. Que son un regalo y eso de que la gente cambia es una utopía. O puede que no.


Puede que el sabor amargo me guste porque me recuerda a ese verano

Puede que quiera que el mundo nos recuerde por lo que nunca fuimos, que es más grande que lo que siempre seremos.

Puede que haya errores eternos o que todo sea eternamente erróneo. Que el problema no está en que ella no resulte ser la chica de sus sueños, sino en que sea la chica en la que piense dentro de unos años, mientras esté en un bar tomándose una cerveza, deseando habérsela pedido rubia para que se pareciese al color de su pelo.



Puede que cada dos minutos algunos intenten cambiar de estrategia para despistar al adversario, cuando a los únicos a los que consiguen confundir es a sí mismos. Pero no pasa nada, todos lo hacemos tarde o temprano.

Puede que ya me esté cansando de lo de siempre, porque ya deja de saber a lo de nunca.

Puede que los crujidos de la madera del suelo debajo de tus pies se hayan establecido como número uno en mi jerarquía personal de ruidos favoritos.

Y puede que el azul ahora lo lleven las chicas, que el rosa sea cosa de todos y el amarillo se haya pasado de moda.

Y puede que yo sonría demasiado. De oreja a oreja, como se dice. Pero qué queréis que os diga. Me da exactamente igual lo que piensen.